La Marca Olvidada

La arena real estaba más llena que nunca. Miles de personas ocupaban cada rincón de las enormes gradas de piedra. Los estandartes del reino se movían con el viento y una extraña tensión flotaba en el aire.

El rey se levantó de su trono dorado y alzó la mano.

—¡Quien mate a la bestia recibirá un kilogramo del oro del rey!

La multitud estalló en gritos.

Durante años, aquella criatura había vivido encerrada bajo el castillo. Nadie sabía exactamente qué era. Algunos decían que era un monstruo nacido de la oscuridad. Otros juraban que era un antiguo demonio que había destruido ciudades enteras.

Muchos guerreros habían intentado enfrentarlo.

Ninguno regresó.

Las puertas gigantes de hierro comenzaron a abrirse lentamente.

El sonido metálico atravesó toda la arena.

Pero antes de que la criatura apareciera, alguien corrió hacia el centro.

Era un niño.

Llevaba ropa vieja y rota. Sus zapatos estaban desgastados y tenía polvo en el rostro.

La multitud comenzó a reír.

—¡Está loco!

—¡Morirá en un instante!

Incluso el rey frunció el ceño.

—¿Quién dejó entrar a ese niño?

Pero el pequeño no parecía escuchar nada.

Simplemente miraba hacia las puertas.

Entonces ocurrió.

Una sombra gigantesca salió lentamente de la oscuridad.

Más de cinco metros de altura.

Una armadura negra cubría su cuerpo. Cadenas antiguas arrastraban por el suelo y sus ojos rojos brillaban desde un casco agrietado.

La arena entera quedó en silencio.

La criatura avanzó.

Un paso.

Luego otro.

El suelo tembló.

Sin embargo, el niño no retrocedió.

La bestia se detuvo frente a él.

Todos esperaban el ataque.

Pero nunca llegó.

El niño levantó lentamente la mano y apartó la tela de su hombro.

Una extraña marca apareció sobre su piel.

Tenía la forma de una espada rodeada por un círculo.

En el balcón real, el rostro del rey perdió el color.

Sus labios comenzaron a temblar.

—No…

La multitud lo miró sorprendida.

—Eso no puede ser…

El niño levantó la vista.

—¿La conoces?

El rey bajó lentamente las escaleras del balcón.

Parecía haber envejecido de repente.

Sus ojos estaban llenos de algo que nadie había visto jamás:

tristeza.

Llegó frente al niño y cayó de rodillas.

Toda la arena quedó inmóvil.

—Perdóname…

Nadie entendía nada.

El niño abrió los ojos.

—¿Perdonarte por qué?

El rey respiró profundamente.

Y después de muchos años, dijo una verdad que había escondido.

—Hace quince años, una guerra destruyó este reino. Yo tenía un hijo pequeño… y un mejor amigo que juró protegernos. Cuando nuestros enemigos llegaron, una antigua magia selló a mi amigo dentro de esa armadura para salvar a todos.

El rey miró a la criatura.

—Pero la magia lo convirtió en algo que ya nadie reconoció.

Las personas comenzaron a mirarse entre ellas.

La bestia…

No era una bestia.

Era una persona.

El niño miró lentamente a la enorme criatura.

—Entonces… ¿por qué mi marca?

Los ojos del rey se llenaron de lágrimas.

—Porque tú eres mi hijo.

La arena explotó en murmullos.

El niño retrocedió.

—No… yo crecí solo…

—Pensé que habías muerto aquella noche —dijo el rey—. Te busqué durante años.

El pequeño no podía hablar.

Miró a la criatura gigante.

Y entonces ocurrió algo extraño.

La enorme figura levantó lentamente una mano.

Con cuidado.

Con miedo.

Como si hubiera esperado ese momento durante años.

En su mano sostenía algo pequeño.

Era una vieja figura de madera.

Un caballito.

El niño dejó de respirar por un instante.

Lo tomó entre sus manos.

Y sin saber por qué, lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

Porque recordó algo.

Una memoria muy lejana.

Un hombre riendo.

Un jardín lleno de luz.

Y aquella misma figura de madera.

La criatura había guardado ese pequeño juguete durante quince años.

Quince años dentro de la oscuridad.

Quince años esperando volver a ver a la familia que protegió.

El niño abrazó la enorme mano de la criatura.

Y en ese momento, la armadura negra comenzó a agrietarse.

La oscuridad desapareció lentamente.

Las cadenas cayeron al suelo.

Y donde antes estaba la bestia… apareció un hombre de cabello gris sonriendo con lágrimas en los ojos.

La multitud quedó en silencio absoluto.

No por miedo.

Por emoción.

Y por primera vez en muchos años, en aquella arena no hubo una batalla.

Solo hubo un reencuentro.

Porque algunas personas pasan años buscando tesoros.

Sin darse cuenta de que el regalo más grande del mundo…

siempre fue volver a encontrar a quienes amaban.

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