La habitación 214

La lluvia golpeaba las ventanas del hospital con fuerza.

Era una de esas noches silenciosas y pesadas donde todo parecía más oscuro de lo normal.

Claudia llevaba más de diez horas trabajando.

Cansada, caminaba por el pasillo vacío revisando habitaciones, hasta que vio algo extraño.

La puerta de la habitación 214 estaba abierta.

Eso no tenía sentido.

Esa habitación llevaba años cerrada.

Desde el incendio.

Desde el accidente.

Desde el niño.

Claudia frunció el ceño y se acercó lentamente.

Y entonces lo vio.

Un niño pequeño sentado sobre la cama.

Solo.

Abrazando un oso de peluche viejo.

Las luces del cuarto parpadeaban suavemente.

—¿Dónde están tus padres? —preguntó Claudia.

El niño levantó la mirada lentamente.

Tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—Mi mamá prometió volver.

Claudia sintió un escalofrío.

—¿Cómo entraste aquí?

El niño no respondió.

Solo siguió abrazando el oso.

Claudia tomó el expediente médico que estaba junto a la cama.

Polvo.

Viejo.

Las manos comenzaron a temblarle cuando leyó el nombre.

Tomás Vidal.

El corazón le dio un golpe.

Ese nombre…

Ella lo conocía.

Abrió rápidamente el archivo.

Y sintió que el aire desaparecía.

Había una fotografía.

El mismo niño.

Misma cara.
Misma ropa.
Mismo oso de peluche.

Pero la fecha era de hacía doce años.

Claudia retrocedió lentamente.

—No… eso es imposible…

El niño inclinó un poco la cabeza.

—¿Mi mamá ya está muerta?

El silencio llenó la habitación.

Claudia apenas podía respirar.

Porque recordaba perfectamente ese caso.

Toda la ciudad lo recordaba.

Doce años atrás, una mujer desesperada había intentado salvar a su hijo durante el incendio del hospital.

Pero el fuego bloqueó la salida.

Los bomberos encontraron el cuerpo de la madre.

Nunca encontraron al niño.

La historia se convirtió en leyenda.

Algunas enfermeras decían que todavía se escuchaban pasos cerca de la habitación 214 por las noches.

Claudia miró otra vez al niño.

Y algo dentro de ella empezó a romperse.

Porque ella había estado ahí aquella noche.

Era joven.

Solo una practicante.

Y todavía recordaba los gritos.

La madre suplicándole que salvara a su hijo.

Pero Claudia tuvo miedo.

Y corrió.

Lo dejó atrás.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

—Lo siento… —susurró.

El niño la observó en silencio.

—Ella también lloraba mucho.

La habitación se volvió helada.

Las luces comenzaron a fallar violentamente.

Claudia retrocedió aterrorizada.

—¿Qué eres…?

El niño sonrió apenas.

Una sonrisa triste.

—Solo estaba esperando.

El monitor cardíaco apagado comenzó a sonar solo.

Bip.

Bip.

Bip.

Las paredes parecían temblar.

Entonces el niño levantó lentamente el oso de peluche.

Y Claudia vio algo cosido en una de sus patas.

Un nombre.

“Claudia”.

El mundo entero se detuvo.

Porque ese oso…

había sido suyo.

Ella se lo había dado al niño aquella noche para calmarlo mientras esperaba ayuda.

El niño la miró fijamente.

—Prometiste volver por mí.

Claudia comenzó a llorar desesperadamente.

—Yo… tenía miedo…

El niño bajó lentamente la mirada.

—Yo también.

Las luces se apagaron por completo.

Oscuridad absoluta.

Y justo antes de desaparecer…

la voz del niño susurró cerca de su oído:

—Ahora ya no estoy solo.

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