La Marca Perdida

El rugido de la arena todavía temblaba entre las piedras antiguas cuando el rey quedó inmóvil en su balcón.

—Esa marca murió con mi hijo…

Nadie entendió sus palabras. La multitud solo veía a un muchacho pobre de ropa rota frente a una criatura gigantesca cubierta con una armadura negra agrietada. El aire estaba lleno de polvo dorado y silencio.

El muchacho levantó lentamente la mirada.

La criatura también se detuvo.

Sus cadenas dejaron de arrastrarse. Sus ojos apagados permanecieron fijos sobre la cicatriz con forma de espada marcada en el hombro del joven.

Un paso.

Luego otro.

Toda la arena tembló.

Los soldados levantaron sus armas. Los arqueros apuntaron desde los muros. El rey alzó una mano temblorosa para detenerlos.

Algo no estaba bien.

La criatura llegó frente al muchacho.

Era tan alta que parecía una montaña de hierro oscuro. El niño cerró los ojos por un instante esperando la muerte.

Pero el golpe nunca llegó.

Lentamente, la gigantesca figura cayó de rodillas.

Toda la arena quedó paralizada.

Un monstruo… inclinándose ante un niño.

La respiración de la multitud desapareció.

Entonces, una antigua voz salió desde el interior de la armadura:

—Por fin te encontré…

El muchacho abrió los ojos con miedo.

—¿Qué… qué dices?

La criatura levantó lentamente una mano enorme y tocó la cicatriz.

En ese instante, imágenes comenzaron a atravesar la mente del joven.

Un palacio.

Una noche llena de fuego.

Gritos.

Un hombre cargándolo entre sus brazos.

Soldados corriendo.

Y un rey llorando.

Retrocedió con el corazón latiendo con fuerza.

—No… no puede ser…

El rey bajó desesperadamente las escaleras del balcón y corrió hacia la arena sin importarle la multitud.

Cuando llegó frente al muchacho, cayó de rodillas.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Hace quince años atacaron el reino —dijo con voz rota—. Querían destruir nuestra sangre. Creí que habías muerto aquella noche.

El muchacho sintió que el mundo se volvía extraño.

Toda su vida había sido un huérfano.

Toda su vida había dormido en calles frías.

Toda su vida creyó que nadie lo esperaba.

—Entonces… ¿quién soy?

El rey sonrió mientras lloraba.

—Mi hijo.

La multitud estalló en gritos de sorpresa.

Pero el muchacho permaneció quieto.

Lentamente giró hacia la gigantesca criatura.

—¿Y quién eres tú?

La criatura guardó silencio.

Después, comenzó a agrietarse.

Pequeñas grietas de luz aparecieron por toda la armadura negra.

Las cadenas cayeron al suelo.

El hierro empezó a romperse.

Y debajo de aquella monstruosa figura apareció un anciano de cabello blanco.

Era un hombre cansado, débil y con los ojos llenos de paz.

Sonrió.

—Tuve una promesa que cumplir.

El muchacho sintió lágrimas bajar por su rostro sin entender por qué.

El anciano había sido el guardián real.

La noche del ataque había usado una magia prohibida para salvar al pequeño príncipe. La maldición lo convirtió en aquella criatura aterradora durante años.

Había perdido su rostro.

Su vida.

Su humanidad.

Solo para proteger a un niño.

El anciano miró por última vez al joven.

Sonrió.

Y dijo:

—Ahora ya puedes volver a casa.

El viento atravesó la arena.

Y su cuerpo se convirtió lentamente en polvo dorado que desapareció en la luz.

Muchos años después, el joven se convirtió en rey.

Pero jamás levantó una estatua de oro para recordar a aquel hombre.

Levantó una simple banca de piedra bajo un árbol.

Y sobre ella mandó escribir:

“Los verdaderos monstruos no siempre dan miedo… y los verdaderos héroes no siempre llevan una corona.”

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