La marca del heredero

El reino de Valdoria llevaba veinte años viviendo con miedo.

Cada invierno, la bestia despertaba.

Una criatura gigantesca escondida bajo la arena real, alimentada con sangre y muerte desde tiempos antiguos.

Nadie sabía de dónde venía.

Solo existía una regla:

Cada año… alguien debía entrar.

Y casi nadie salía.

El rey había convertido aquello en espectáculo.

La multitud llenaba la arena mientras hombres desesperados luchaban por oro, fama o simplemente comida.

Pero esa mañana fue diferente.

Porque quien apareció no era un guerrero.

Era un niño.

Descalzo.
Hambriento.
Cubierto de polvo.

La multitud comenzó a reír.

—Durará segundos.

—Ni siquiera tiene espada.

Pero el niño caminó hasta el centro de la arena sin miedo.

Como si hubiera esperado ese momento toda su vida.

Desde el balcón real, el rey observaba aburrido.

Hasta que vio algo extraño.

El niño no miraba al monstruo.

Miraba directamente al rey.

Entonces las puertas se abrieron.

El rugido de la bestia hizo temblar toda la arena.

Una criatura enorme salió lentamente de la oscuridad.

Piel negra.
Ojos rojos.
Cadenas rotas colgando de su cuerpo.

La multitud gritó aterrorizada.

Pero el niño no retrocedió.

Solo quitó lentamente la tela rota de su hombro.

Y reveló la marca.

Una cicatriz negra con forma de espada.

En ese instante…

el rostro del rey perdió todo color.

Porque conocía esa marca.

La misma marca que tenía su hijo antes de morir.

O al menos… eso creía.

Veinte años atrás, el príncipe heredero desapareció la noche del gran incendio del castillo.

El reino creyó que había muerto.

Pero la verdad era mucho peor.

El rey lo había entregado.

Sacrificado en secreto para sellar a la bestia bajo la arena.

Nadie debía descubrirlo jamás.

El monstruo comenzó a acercarse lentamente al niño.

La multitud gritaba para que huyera.

Pero entonces ocurrió algo imposible.

La bestia se detuvo.

Toda la arena quedó en silencio.

La criatura inclinó lentamente la cabeza frente al niño.

Como si lo reconociera.

El rey comenzó a temblar.

—No… eso no puede ser…

El niño levantó la mirada hacia el balcón real.

Sus ojos estaban llenos de odio.

Y dolor.

—Me dijiste que volverías por mí.

El aire desapareció de la arena.

La multitud observaba sin entender.

El rey cayó lentamente de rodillas.

Porque finalmente reconoció aquella voz.

Su hijo.

El heredero perdido.

Pero había algo todavía peor.

La bestia comenzó a transformarse.

Las cadenas se rompieron completamente.

Y debajo de aquella piel monstruosa…

había un rostro humano.

El rostro de la reina desaparecida.

La madre del niño.

El rey retrocedió horrorizado.

Porque entendió la verdad demasiado tarde.

La bestia nunca había sido un monstruo.

Había sido su propia familia.

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