Clara nunca debió entrar ahí.
La estación de metro “San Jerónimo” llevaba cerrada más de quince años.
Después del incendio.
Después de las desapariciones.
Después de aquella noche de la que nadie quería hablar.
Pero las redes sociales habían convertido el lugar en una leyenda urbana.
“Si entras después de medianoche… escuchas voces.”
Clara no creía en esas cosas.
Por eso aceptó el reto.
Entró sola.
Con una linterna, su teléfono y una sonrisa burlona.
Al principio todo parecía normal.
Pasillos vacíos.
Luces parpadeando.
Viejos anuncios cubiertos de polvo.
Hasta que escuchó pasos.
No detrás.
Delante.
Se detuvo inmediatamente.
—¿Hola?
Silencio.
Solo el eco.
Clara intentó convencerse de que era el viento.
Pero entonces su teléfono vibró.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Bueno?
Respiración agitada al otro lado.
Y luego una voz masculina:
—¿Dónde estás?
Clara frunció el ceño.

—¿Quién eres?
La voz temblaba.
—Sal de ahí ahora mismo.
El corazón comenzó a acelerarse.
—¿Cómo sabes dónde estoy?
No hubo respuesta inmediata.
Solo respiración.
Después:
—Porque yo también estoy aquí.
Clara giró rápidamente alrededor.
No vio a nadie.
—Esto no tiene gracia.
La voz volvió a hablar.
Más desesperada esta vez.
—Escúchame… no te des la vuelta cuando escuches pasos.
El miedo empezó a entrar lentamente en su cuerpo.
—¿Qué pasos?
Y entonces los escuchó.
Lentos.
Metálicos.
Arrastrándose detrás de ella.
Clara quedó inmóvil.
—¿Quién eres? —susurró.
Hubo silencio.
Luego la voz respondió algo imposible:
—Soy tú.
El aire desapareció.
Clara comenzó a respirar rápido.
—¿Qué…?
—No tengo tiempo —continuó la voz—. Cometí el error de mirar atrás.
Las luces comenzaron a fallar violentamente.
El sonido de un tren retumbó en la oscuridad.
Pero esa línea llevaba años abandonada.
—¿Qué está pasando? —gritó Clara.
La voz empezó a quebrarse.
Como alguien a punto de llorar.
—Hay algo en esta estación.
Pasos.
Más cerca ahora.
Clara podía sentir una respiración detrás de ella.
Fría.
Lenta.
No quería girarse.
Pero el miedo pudo más.
Y lo hizo.
El mundo entero se detuvo.
Porque frente a ella…
había una mujer idéntica a ella.
Misma ropa.
Misma cara.
Mismos ojos.
Pero sonriendo de una forma imposible.
El teléfono cayó al suelo.
La otra Clara inclinó lentamente la cabeza.
Y habló con una voz rota:
—Por fin llegaste.
Las luces explotaron.
Oscuridad total.
Clara corrió desesperada entre los túneles mientras escuchaba pasos siguiéndola.
Y entonces vio algo peor.
Decenas de personas.
Quietas.
Mirándola desde la oscuridad.
Todas tenían la misma expresión vacía.
Como si llevaran años atrapadas ahí.
Su teléfono volvió a encenderse solo.
Nuevo mensaje.
Sin número.
Sin foto.
Solo una frase:
“Si lees esto… ya es demasiado tarde para salir.”
Y en ese momento…
escuchó su propia voz detrás de ella susurrando:
—Ahora te toca quedarte.





