Llegaste tarde

aniel siempre fue puntual.

Era de esas personas que llegaban diez minutos antes, que revisaban la hora dos veces, que no soportaban hacer esperar a nadie.
Al menos… así era antes.

Después del accidente, todo cambió.

No fue grave, al menos no físicamente. Un choque leve, dijeron los médicos. Nada roto. Nada serio.
Pero desde ese día, Daniel empezó a olvidar cosas.

Primero pequeñas: dónde dejó las llaves, si había cerrado la puerta, qué había comido.
Luego… momentos completos.

Días enteros que simplemente desaparecían.

Los médicos lo llamaron “lagunas temporales”. Estrés, dijeron. Era normal.

Daniel intentó seguir con su vida.

Pero cada mañana se sentía… fuera de lugar.
Como si siempre llegara tarde a algo que no recordaba.


Esa mañana no fue diferente.

Salió de casa, caminó hacia su coche y revisó su teléfono. Nada nuevo. Todo parecía normal.

Hasta que escuchó una voz:

“Llegaste tarde otra vez.”

Daniel levantó la vista.

Un chico estaba frente a él. Joven. Mirándolo como si ya lo conociera.

“¿Perdón?”, respondió.

“Siempre haces eso”, dijo el chico con calma.

Daniel frunció el ceño.
“No te conozco.”

El chico lo observó en silencio por un segundo.

“Sí me conoces.”

Daniel sintió una incomodidad extraña.
“Te estás equivocando.”

Entonces el chico sonrió levemente.

“Ayer dijiste lo mismo.”

Daniel se quedó inmóvil.
“¿Ayer?”

“Antes de irte.”


Daniel no recordaba nada de eso.

Pero algo en la mirada del chico… no parecía una mentira.

“¿Quién eres?”, preguntó finalmente.

El chico dudó por primera vez.

Luego dio un paso más cerca.

“Soy el motivo por el que intentas recordar.”

Daniel sintió un vacío en el pecho.

“No entiendo…”

El chico respiró hondo.

“Cada mañana hablo contigo. Cada mañana empiezas de nuevo.”

El mundo pareció detenerse.

“Eso no tiene sentido…”

El chico sacó su teléfono.

“Entonces mira esto.”

Le mostró un video.

Era él.

Daniel.

Mismo lugar. Misma ropa.

Confundido. Exactamente igual que ahora.

En el video, Daniel decía:

“Si estás viendo esto otra vez… significa que volviste a olvidar.”

El Daniel del presente retrocedió un paso.

“No…”

El video continuaba:

“Escucha con atención. El chico que tienes enfrente…”

La imagen tembló ligeramente.

“…es tu hijo.”

Daniel dejó de respirar por un segundo.

Levantó la mirada lentamente hacia el chico.

Ahora lo veía diferente.

Los mismos ojos.

La misma expresión.

Pero más joven.

Más triste.

“Tuviste el accidente hace un año”, decía el video.
“Desde entonces, cada día lo olvidas todo. Pero él vuelve. Todos los días. Para encontrarte otra vez.”

El video terminó.

Silencio.


Daniel miró al chico, con los ojos llenos de algo que no sabía nombrar.

“¿Por qué… sigues viniendo?”, preguntó en voz baja.

El chico no dudó esta vez.

Sonrió, pero con los ojos húmedos.

“Porque tú nunca llegas a tiempo…”

Hizo una pausa.

“…y yo no quiero perderte otra vez.”


Ese día, Daniel no recordó su pasado.

Pero por primera vez en mucho tiempo…

no se sintió solo.

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