La última llamada

María llevaba tres días sin saber nada de su esposo, Daniel.

Su teléfono seguía apagado. Sus mensajes, sin respuesta. La policía le decía que esperara, que probablemente regresaría. Pero ella sentía que algo no estaba bien.

Esa noche, mientras estaba sola en casa, su teléfono sonó.

Número desconocido.

Dudó unos segundos antes de contestar.

—¿Hola?

Hubo silencio. Luego, una voz masculina, baja, casi susurrando:

—¿Por qué sigues llamando a este número?

María frunció el ceño.

—¿Quién es? Este es el teléfono de mi esposo.

Hubo una pausa.

—Lo sé.

El corazón de María empezó a latir más rápido.

—¿Dónde está Daniel?

Silencio otra vez. Esta vez más largo.

—No deberías buscarlo.

—¿Qué significa eso? —su voz temblaba—. Dime dónde está.

La respiración del hombre se escuchaba del otro lado de la línea.

—Estoy en su casa.

María se quedó paralizada.

—Eso no es posible… yo estoy en mi casa.

—Lo sé.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—Entonces… ¿dónde estás?

La respuesta llegó en un susurro:

—Justo detrás de ti.

María se giró bruscamente.

Pero no había nadie.

Solo el silencio de la casa vacía.

—¿Qué clase de broma es esta? —dijo, casi llorando—. ¿Quién eres?

La voz cambió. Ya no era fría.

Era… familiar.

—María…

El teléfono casi se le cayó de las manos.

—Daniel…?

—Lo siento —dijo la voz—. No quería que fuera así.

—¿Dónde estás? ¿Por qué no vienes a casa?

Hubo un silencio suave, distinto esta vez.

—Porque ya estoy en casa.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—No… esto no es real…

—¿Recuerdas lo que siempre decías? —continuó él—. Que si algún día me pasaba algo… encontraría la forma de volver contigo.

María cerró los ojos, temblando.

—Eso era solo una broma…

—Para ti, sí.

Un susurro cálido pareció llenar la habitación.

—Pero para mí… era una promesa.

En ese instante, algo cayó al suelo detrás de ella.

María se giró lentamente.

Era el teléfono de Daniel.

La pantalla se encendió sola.

Llamada en curso.

Sin nadie sosteniéndolo.

—No tengas miedo —dijo la voz, ahora suave, casi tranquila—. No vine a asustarte.

María dejó de temblar.

—Entonces… ¿por qué estás aquí?

Una pausa.

—Porque no quería que la última vez que me recordaras… fuera en silencio.

Las lágrimas ya no eran de miedo.

Eran de otra cosa.

—No puedo quedarme —añadió él—. Pero necesitaba decirte adiós.

El aire en la habitación pareció volverse ligero.

Cálido.

—Te amo —susurró Daniel.

María cerró los ojos.

—Yo también.

La llamada se cortó.

El teléfono se apagó.

Y por primera vez en días… la casa dejó de sentirse vacía.

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